Articulos de Isidoro Sánchez

MIS VIVENCIAS CON TELESFORO BRAVO: PARTE II: EL HIERRO Y ZÓSIMO

telesforo_bravo 4De las excursiones de la Peña Baeza por las islas periféricas a las capitalinas sobresale la que realizamos a la isla de El Hierro, con parada en La Gomera, en los carnavales de 1969. Era una expedición abigarrada, conformada por un fotógrafo, Imeldo Bello; por un profesor universitario, Telesforo Bravo, por un médico traumatólogo, Luis Espinosa; por un abogado, Celestino Padrón; por un funcionario de obras públicas, Manuel Rosales, y por un ingeniero de montes, Isidoro Sánchez. Llegamos a la isla colombina en barco, a las 7 de la mañana después de haber salido del puerto de Santa Cruz de Tenerife a las 10 de la noche anterior. Desayunamos en la plaza de San Sebastián con Buenaventura Bravo, hermano de Telesforo, maestro y ex alcalde de la capital gomera donde residía con su familia. Durante las dos horas de estadía en La Gomera pudimos contrastar la realidad conservacionista de la administración forestal a la que me había incorporado un año antes, el Patrimonio Forestal del Estado (PFE). Se habló de Sventenius, del estado de los montes, de la laurisilva, de la lluvia horizontal, de las repoblaciones y del interés del Cabildo insular de La Gomera para proteger el ecosistema forestal insular bajo la figura de Parque Nacional.
Los hermanos Bravo eran mucho. Se les notaba que conocían la isla colombina, ya que habían sido destinados como profesionales de Magisterio. Para mayor abundamiento Telesforo había redactado su tesis doctoral sobre Geología y Petrología de La Gomera. De hecho Telesforo me regaló una copia de su trabajo doctoral con una excelente fotografía en la portada de Los Órganos de Vallehermoso, y me animó a que preparase mi tesis doctoral sobre algún tema forestal de la isla y por ello le pedí al catedrático de botánica de la Escuela Técnica Superior de Ingeniero de Montes (ETSIMO), Juan Ruiz de la Torre, que me tutelase un trabajo sobre “La laurisilva de la Gomera” como ejercicio del doctorado. Así empecé pero años más tarde, en 1977, lo dejé por culpa de mi irrupción en el mundo de la política. No obstante aporté mi granito de arena a la declaración de Garajonay como Parque Nacional (1981) y luego como Patrimonio Mundial en 1986. No fui doctor pero si me siento orgulloso de mi contribución profesional a la causa de la Conservación de la Naturaleza en la isla colombina. Y de eso sabía mucho Telesforo.
Seguimos en barco durante cuatro horas hasta el puerto de La Estaca en El Hierro donde nos esperaba con su jeep Zósimo Hernández, sobreguarda forestal, natural de La Palma, responsable en la isla de los organismos agrarios, tanto del Distrito Forestal como del Patrimonio Forestal del Estado y del Instituto Nacional de Colonización. Saludamos enseguida al ínclito periodista y escritor don José Padrón Machín, quien nos dedicó una crónica muy especial resaltando la presencia de don Telesforo Bravo, ya que le conocía por diversas razones y circunstancias, especialmente por su magisterio en el mundo del agua y de la etnografía.
Nos alojamos en la vieja casa forestal de El Pinar que estaba casi en ruinas y con tal motivo Telesforo, además de enseñarnos de la mano de Zósimo la isla del Meridiano, fue protagonista de varias anécdotas singulares. Una, el día que llegamos, cuando expulsó de la casa a Imeldo para que durmiera bajo los pinos, ya que roncaba como un descosido; la otra fue conmigo, cuando intervino en una cena que degustamos en casa Bartolo, en Taibique. Me llamó la atención como consecuencia de un ataque de risa que me entró cuando don José Padrón Machín se puso a cantar ópera entre velas. Fue la primera vez que comí viejas fritas. Una tercera anécdota fue muy llamativa y explosiva, nunca mejor dicho, cuando el amigo Rosales le preguntó por enésima vez al profesor Bravo qué era la piedra volcánica (un piroclasto) que llevaba en la mano. La había descubierto en uno de los volcanes que caracterizan el valle de Frontera, junto al campanario de la iglesia de la Candelaria. Telesforo le contestó que aquella pieza era la “pinga” de un <<bimbache>>. Rosales no volvió a preguntarle más el resto de la semana. Hasta los agricultores que cavaban las viñas por El Sitio y las Lapas se sorprendieron de nuestra risa. Estoy seguro que hasta los lagartos gigantes que años más tarde, en mayo de 1975, redescubriera en la Fuga de Gorreta el corpulento Juan Machín, abuelo del luchador <<Pollito de Frontera>>, se echaron sus carcajadas al escuchar el golpe humorístico de don Tele.
Durante la semana de estancia en la isla de los bimbaches Zósimo nos llevó a La Restinga y a la Dehesa, a Frontera y a Sabinosa. Telesforo nos explicaba el Julan y la joven historia geológica de la isla de El Hierro, la estructura interna de la misma, la justificación de la ausencia de galerías y la existencia de la lenteja basal, así como la necesidad de abrir pozos-galerías si querían alumbrar aguas subterráneas. Nos repetía una y otra vez: “Señores, que esta isla de El Hierro es similar a un vaso o una copa que recibe un martillazo, se rompe y sólo quedan cristales rotos y porosos de manera que cuando llueve, el agua se infiltra y baja hasta el nivel del mar”. En esa época el amigo palmero Manuel Kábana no había comprado aún las fincas del sur, ni en el Lajiar ni en el Julan y por tanto no se habían abierto galerías a nivel del mar.
Al bajar a La Restinga, don José Padrón Machín nos enseñó la Cueva de Cho Justo, junto al volcán de los Concheros, donde se refugió cuando la Guerra Civil española. Ya en el pueblo de pescadores comprobamos la calidad de los productos del mar en Casa Juan, con una sopa de lapas única, y unas cabrillas insuperables. Podíamos comprar pescado a tres duros el kilo. Sobre todo viejas que las subíamos a El Pinar para cenar. En la playa restinguera nos bañamos sin miedo ya que faltaban aún 44 años para que un volcán submarino entrara en erupción, en 2011. Y también para que un nieto de Telesforo, Juan Jesús Coello Bravo, se acercara a estudiar el fenómeno telúrico en el Mar de las Calmas, y junto con otros colegas reivindicase el ansiado Instituto Volcanológico de Canarias.
De los repartos de las tierras de El Crés entre los vecinos de Sabinosa, por parte del capitán general Serrador, nos habló Zósimo y Telesforo. Se debió a la hambruna que sufrió la población herreña de Sabinosa, tras la guerra española, que se acrecentó con la seca de 1948. Entonces pudimos escuchar de boca del profesor Bravo la importancia de la altitud en la vegetación y en el clima de las islas. Nos acordamos de los pisos geobotánicas descritos por el admirado Alejandro de Humboldt cuando recorrió el valle de La Orotava, desde el mar hasta el Pico del Teide.
En esos días se estaban plantando pinos canarios en la zona del Julan y se vallaba la finca comunal “El Sabinar” para evitar la entrada de las cabras. Eran fincas consorciadas entre el Cabildo y el PFE para su repoblación forestal. Telesforo, que conocía bien esta zona de volcanes modernos, nos contó el papel que desempeñaban los cuervos a la hora de regenerar las semillas de las sabinas, algunas de las cuales eran espectaculares. Una de ellas lleva el nombre de Machín, en referencia a la cabellera del famoso escritor pinareño.
Imeldo se durmió comiendo en el Refugio de La Dehesa, incluso llegamos a grabarle los ronquidos, y tras el almuerzo oficial -judías y cordero- pudimos conocer el impacto de la saludable “Agua de Sabinosa” que habían traído en garrafones. Algunos salimos corriendo hasta la costa donde pudimos bañarnos, coger lapas espectaculares y subir al faro de Orchilla. Los torreros nos entregaron un diploma como recuerdo de nuestra vista. A petición de Telesforo nos contaron la historia del Meridiano cero. Nos sentimos muy orgullosos y al mismo tiempo enfadados con los ingleses por haberse llevado la raya geográfica para Grenwich, cerca de Londres, en la segunda mitad del siglo XIX.
Lo importante sin embargo era el agua y por ello Zósimo nos llevó a la zona de las Chamuscadas para conocer el Garoé moderno, un Til, que en 1948 había plantado por encargo profesional de don Leoncio Oramas, ingeniero de montes y jefe del Distrito Forestal de Tenerife. También los ingenieros Francisco Ortuño y José Miguel González salieron en la conversación. Por ello antes de bajar a la Frontera visitamos el Garoé. El paraje de Ventejís nos pareció lejos y encima estaba lloviendo, el barro hizo acto de presencia y tuvimos un pequeño accidente en la zona volcánica de Las Chamuscadas ya que al jeep forestal se le fueron los frenos. La prudencia de Zósimo y la tranquilidad de Telesforo animaron el cotarro. El Garoé no quería aparecer hasta que Zósimo y Telesforo nos llevaron hasta el barranco. Fue un momento inolvidable. El veterano sobreguarda forestal nos contó con todo detalle el trabajo profesional que le encargó don Leoncio Oramas. No había carretera como la de hoy cuando se bordea el caserío de Tiñor, donde Tadeo Casañas tenía su cuartel general para la captación del agua. Lo que si existía era la caldera volcánica de la Gorona, fundamento de un proyecto hidroeólico espectacular que le hubiera gustado mucho conocer a don Tele, y va ser referente de las energías renovables en Canarias. Siempre resaltaba el profesor Bravo la relación entre geografía y naturaleza. En Frontera aún no se había redescubierto los lagartos gigantes de Salmor en la Fuga de Gorreta, ni abierto el túnel. Tampoco se había desgajado el municipio de El Pinar. Después de acercarnos al mirador de las Playas, donde Telesforo nos deleitó con sus lecciones sobre geología, y nos adelantó algo sobre los deslizamientos gravitacionales en los que venía pensando hacía tiempo, pasamos por la cumbre. De El Pinar a la Frontera. Tampoco el ministro de Turismo Fraga Iribarne había ordenado la construcción del Parador ni Tomás Padrón le había encargado el Mirador de la Peña a César Manrique. El asfalto no había sustituido aún a la tierra y la zona recreativa de la Hoya del Morcillo no la tenía en mente. Recuerdo que Imeldo se enamoró de esta zona de Monteverde donde años más tarde un naturalista canario, el botánico palmero Arnoldo Santos, descubrió la faya romana.
Al llegar al valle de la Frontera, Zósimo nos llevó a Sabinosa para que conociéramos el Pozo de la Salud y a la ínclita Valentina, la señora del tambor herreño. El rato que pasamos con doña Valentina fue inolvidable, Aquella voz herreña, castellana, arcaica, nos embelesó. Y no digamos nada del toque con el tambor, un auténtico concierto de percusión de música ancestral.
En noviembre de 1966 comencé a trabajar como ingeniero del Patrimonio Forestal del Estado en los montes consorciados del norte de Tenerife y de La Gomera. Era una época en la que Telesforo Bravo investigaba las galerías de agua subterráneas que de manera mayoritaria se desarrollaban en el subsuelo de los montes públicos, lo que me permitió conocerle profesionalmente en los expedientes de ocupación de los montes afectados. Le conté mi experiencia profesional en la Caldera de Taburiente de la mano del Heredamiento de Argual y Tazacorte y de Rosendo, su administrador, cuando redacté un estudio bioturístico de dicho espacio natural protegido así como del PN del Teide.
Cuando nace el Instituto Nacional para la Conservación de la Naturaleza (ICONA) en 1971, me responsabilizan de la totalidad de los montes de La Gomera y El Hierro. Mi dedicación es completa a ambas islas. Con los años, en 1982, escribo un artículo en la prensa acerca del Garoé y recibo un premio. Recientemente me empeñé en contar mis memorias vitales en la isla de El Hierro y se lo dediqué a Zósimo y a su esposa Margarita, que entre otras cosas, me enseñaron a ahorrar agua. Hay varias fotos en las que aparece el amigo Telesforo. En La Restinga con Zósimo y el grupo de la Peña Baeza, en Sabinosa con doña Valentina y en Casa Bartolo con Padrón Machín.