Artículo de Isidoro Sánchez

FÉLIX JUAN BORDES CABALLERO

Félix Juan Bordes Caballero. Las Palmas de Gran Canaria

Félix Juan Bordes Caballero. Las Palmas de Gran Canaria

En el otoño de 2016 el profesor Fernando Castro Borrego comenzó a dialogar con la pintora palmera, Maribel Nazco, en el portuense  Hotel Botánico; le siguió en el invierno, el vitalista Pepe Dámaso, amigo entrañable de Wolfgang Kiesling, y al comienzo de la primavera invitó al polifacético Félix Juan Bordes, arquitecto, pintor y grabador grancanario. Habrá que esperar al verano para completar las cuatros estaciones que tanto le gustan pintar a José Dámaso.

Estos diálogos con los artistas de la Real Academia Canaria de Bellas Artes de San Miguel Arcángel responden a una máxima de sus miembros y es restablecer la relación entre el artista y el público, de la manera que la ha diseñado la organización. Se dice que el arte, además de placer, sirve como fuente de inspiración de la naturaleza y la ciencia. Por eso no me extrañó que Félix Juan volviese a evocar, como lo hiciera antes Pepe Dámaso, a personajes como Goethe y Humboldt por cuanto aportan en sus trabajos información sobre naturaleza, cultura y etnografía.

Fernando Castro, ante un abigarrado público del que formaba parte el nuevo director de la Real Academia, Carlos Millán, la vicepresidenta del Parlamento de Canarias, el viceconsejero de Turismo del gobierno canario y un grupo de arquitectos y artistas, hizo un repaso a la vida y obra de Bordes dibujando cuestiones interesantes del pintor grancanario. Hablaron de analogías y sugerencias, de fluidez y de espiritualidad, de soledades y dificultades, de plantas crasas y de insectos atractivos, de ingravidez y energía, de transgresiones y de cánones en la pintura. Asimismo de surrealismo, de Andrés Breton y de Juan Ismael.  De San Borondón y María Rosa Alonso. También de vitalidad y soledad. De pintar para decir algo, como sucede a la hora de escribir.

A Juan Félix se le notaba que además de pintor era arquitecto de proyectos pero no escondía que era un hombre solitario y difícil, como bien comentaron algunos colegas suyos al finalizar la actividad cultural. Me llamó la atención su visión de la isla de Balí, en Indonesia, de su mar y de su horizonte, así como de las puestas de sol que bien conocí en 1982, el año de Parques Nacionales. Igualmente  su dedicación a la ordenación del paisaje, así como el encuentro en la costa entre los antepasados y los “buenos salvajes”. Todo rezumaba surrealismo y transgresión pero se notaba en el protagonista amor por el arte. Wolfgang Kiesling estaba disfrutando.