Artículo de Isidoro Sánchez

ROBERTO Y EDMUNDO, EN EL RECUERDO

Tengo que reconocer que el mes de agosto de 2017 fue un mes nefasto. No solo por los calores propios del verano, derivados de nuestro clima, sino por las ausencias de dos amigos, Roberto Hernández Illada y Edmundo García Edodey. El primero, nacido en Icod de los Vinos pero afincado como yo, en el Puerto de la Cruz. De siempre le recuerdo en la calle Esquivel, donde su padre, don Vicente, tenía su Hostal “Brisas del Teide”. A Mundo lo asocio siempre a La Orotava aunque muchas veces le gustaba bajar al Puerto y bañarse en Playa Jardín, en Punta Brava. En realidad disfrutaba sobre los riscos para pescar con caña mientras su esposa, la amiga Carmen R. Reyes, se bañaba en la playa pero sin dejar de hablar con sus amigos.

            A Roberto le conocí por el deporte, el fútbol primero y la natación y waterpolo después. Era mayor cuando presidía y entrenaba el juvenil Once Piratas, ya que me llevaba unos diez años de ventaja. Casi era de la edad de Nazario Hernández (a)  Chile, nuestro entrenador en el juvenil Plus Ultra, de La Orotava. Adversarios pero amigos. Cuando llego al C.N. Martiánez en los años 80 me parecía que seguía teniendo la misma edad. Lo cierto es que Roberto siempre me llamó la atención por su humanidad, sobre todo cuando le conocí en el viaje-excursión que hicimos a Moscú, cuando el partido de fútbol URSS-España en 1971, y vivió en Roma el fallecimiento de su padre. Como persona era único, serio, honrado, amable, educado, dialogante, diplomático, responsable, un hombre de espíritu abierto, con sus amigos y su familia, al que le gustaban las cosas bien hechas. Como deportista fue un personaje singular. Dirigió el Piratas, nombre que le sorprendió al párroco de la Peña de Francia que le ofició la misa, y no sabía jugar al fútbol; presidió el Club Natación Martiánez y no sabía nadar. Su esposa Esther y sus hijos bien lo saben, pero no le hacía falta. Cumplía con su misión deportiva y punto. Bastante sorprendía cuando entonaba el Riqui-Raca en el campo o en la piscina. Roberto fue un hombre ejemplar y se ganó el homenaje de muchas gentes. La mejor muestra fue el entierro en el Puerto de la Cruz. Los aplausos antes de entrar en el camposanto, a su paso por el Peñón y la piscina municipal, fueron una buena muestra de ello. Ahora nos toca a nosotros, a los que quedamos, disfrutar del legado que nos dejó este último romántico del deporte, como bien lo calificó su amigo Salvador García. Por ello una llamada a la reconciliación de diferencias y a la sinergias de similitudes. No puedo olvidar las amarguras que me contó Roberto en los momentos difíciles y prueba de ello era su amistad con mi hermano Francisco (q.e.p.d.), abogado, que se fue de la Tierra mucho antes que él. Seguro que estarán arriba hablando de asuntos varios, de manera particular del fútbol que tanto les gustaba. Francisco estará preparando un escrito para tratar de convencer al ayuntamiento del Puerto de la Cruz para que  nominen la nueva piscina municipal como Roberto Hernández Illada.

            Con Mundo coincidí en La Orotava tanto en la época del colegio salesiano  como en el fútbol, al igual que en la Lonja de su padre Tomás,  en el callejón de Los Rosales, donde disfrutábamos de los pescados salados. Residía entonces cerca de la casa de mi abuelo paterno y teníamos un buen equipo social con el amigo Antonio Santos. De su matrimonio tuvo tres hijos, uno de los cuales. Jesús,  gerencia la Asociación Cultural de Pinolere. Edmundo era tan noble y sencillo que se fue sin avisar una noche de infarto.

            A los dos, a Roberto y Edmundo, quiero agradecerles su amistad y su ejemplo. Como le comenté a una amiga común, eran unos tipos del carajo.  Descansen en paz.