Artículo de Isidoro Sánchez

LA CONSTITUCIÓN DESDE MI VENTANA

     Desde que tengo uso de razón, década de los años de 1940,  recuerdo que al abrir la ventana del cuarto familiar de la calle Calvario, 1, en la villa de La Orotava de la isla de Tenerife, Canarias, contemplaba de cerca la plaza de la Alameda que llamaban en la familia, la  de la Constitución; luego, enfrente, la iglesia de la Concepción y arriba el imponente volcán Teide. Todos quedaban al poniente y me imagino que la denominación de la plaza en cuestión sería por la de la República de 1931. Más tarde, en 1978, una vez que nos incorporamos a la nueva democracia, tras el régimen de Franco, un viejo socialista y compañero en la Corporación municipal de La Orotava en 1979, Vicente Miranda,  propuso denominar la citada Plaza como la de la Constitución de 1978 pero le sugerí que lo mejor era colocar solamente la placa alusiva, por cuanto ya la conocíamos como Constitución desde siempre. Además en la fachada del paseo escalonado que va del Puente a la Alameda, como le hubiera gustado a la cantautora peruana, Chabuca Granda.

            Estamos hablando por tanto de una Carta Magna que deberíamos saber que fue aprobada por las Cortes y ratificada por el pueblo español el 6 de diciembre de 1978. Juan Carlos de Borbón era el rey, Antonio Hernández Gil el presidente de las Cortes, Fernando Álvarez de Miranda el presidente del Congreso de los Diputados y Antonio Fontán, el del Senado. Fue firmada en el Palacio de las Cortes el 27 de diciembre de 1978 y hasta la fecha ha sido modificada puntualmente en dos ocasiones, en 1992 y en 2011, derivadas de nuestra adhesión a la Unión Europea. Fueron los artículos 13.2 y 135 que afectaron al derecho al sufragio pasivo en las elecciones municipales y a la introducción del techo máximo del déficit estructural, respectivamente. Es decir una Constitución consensuada en 1978 por todas las fuerzas políticas con representación parlamentaria una vez aprobada la Ley para la Reforma Política de 1977, dos años después de la muerte de Franco. Un experto constitucionalista señala sin embargo que la Constitución de 1978 es ambigua por ser casi intocables sus aspectos esenciales, como el ordenamiento del Estado,  representando en su opinión una consolidación del statuo quo tardofranquista.

           Hoy, casi cuarenta años después de la aprobación de la Constitución de 1978, refrendada por una mayoría cualificada del pueblo español, ansioso de convivir en paz después de conocer el régimen franquista durante muchos años, se habla de reformarla para adaptarla a la situación que vive España en las primeras décadas del siglo XXI. A una realidad caracterizada por un nuevo orden internacional derivado fundamentalmente de la irrupción de un terrorismo profesional, de las catástrofes naturales y el cambio climático, de fenómenos migratorios, de los refugiados, además de otros factores sociales, económicos y tecnológicos de igualdad y equidad que afectan todos ellos a valores como la justicia y la dignidad humana contemplados en la Declaración de Derechos Humanos aprobada por la Asamblea General de Naciones Unidas, en 1948.

            Cuando uno repasa la historia constitucionalista de los países más próximos, como los de la U.E. o los de EE.UU y América Latina, podemos constatar la diversidad de las Constituciones. Llaman la atención, por razones varias,  las de Alemania, Francia y Portugal en el mundo europeo, la de Estados Unidos, y las de Cuba y Venezuela, en las Américas. En Alemania, Francia y Portugal por algunos artículos intocables; en los EE. UU. por lo concreto del contenido constitucional y su reforma, y en Cuba y Venezuela por el espíritu revolucionario. En el caso español parece que la soberanía nacional y la igualdad figuran como valores prioritarios para algunos, sin olvidar el medio ambiente y la calidad de vida para otros, además de la articulación y financiación territorial. No me canso de repetirlo: “Cada uno es hijo de su época”

 Lo que si tengo claro es la importancia de adaptar pronto nuestra bendita Constitución de 1978 a la realidad social, económica y medio ambiental del siglo XXI y por ello quiero, y no es broma,  aprovechar la llegada de los Reyes Magos en enero próximo, 2018, para pedirles una Constitución moderna, vanguardista, reformada de acuerdo con el artículo 166 de la vigente Constitución y adaptada a la realidad del pueblo español, diverso y asentado en la península ibérica y en islas mediterráneas y atlánticas. Entiendo que para conseguir consolidar un Estado de Derecho que asegure el imperio de la ley como expresión de la voluntad popular, hace falta Consenso en la clase política y Espíritu Abierto por parte de la ciudadanía. ¿Cuánto tiempo tardaremos en conseguirlo?  ¿Habrá que abrir de nuevo la ventana para fijar la vista hacia atrás o para recrear la mirada hacia el futuro?