Artículo de Isidoro Sánchez

EN LA PALMA. UNA SEMANA FUERA DEL MUNDO

En 1947 la escritora cubana Dulce María Loynaz viajó a Canarias con su esposo, Pablo Álvarez de Cañas, periodista tinerfeño que conoció en La Habana. Años más tarde repite viaje en diferentes ocasiones y ello le permite escribir una novela acerca de los veranos que disfrutó en algunas islas del archipiélago canario, en 1951, 1953 y 1958. Consiguió que se la editaran en Madrid en 1958 y la tituló “Un Verano en Tenerife.”

            De su viaje a La Palma en 1947 escribió dos capítulos: “Hotel Florida” y “Una semana fuera del mundo.” a los que les adjudicó los números XXVI y XXVII de su novela. El Florida era el único hotel que existía en La Palma y además no estaba abierto al público pero sus amigos palmeros, la familia Carrillo Kábana, consiguieron alojarlos. Pablo fue compañero de Antonio Carrillo en el Instituto de Canarias de La Laguna antes de emigrar a Cuba a principios de siglo. Y por indicación de un común amigo palmero afincado en La Habana, Tomás Felipe Camacho,  se pusieron en contacto nuevamente para viajar a La Palma. Pablo y Dulce María visitaron la Hacienda familiar de los Carrillo Kábana en la capital palmera donde residía un viejo conocido de Pablo, de la época de la universidad en La Laguna, a principios del siglo XX. Una de las hijas del matrimonio palmero era Piedad y tenía un hermano llamado Antonio. Formaban parte de la burguesía palmera. Piedad estaba casada con el tinerfeño Mario Machado y Antonio Carrillo Kábana estaba dedicado en cuerpo y alma al mundo de las aguas del Heredamiento de Argual y Tazacorte en el otro lado de la isla y a la administración de las fincas de plátanos.

            En 2018, Año Europeo del Patrimonio Cultural, Europa Nostra premia al Heredamiento de las Haciendas de Argual y Tazacorte por su gestión histórica del agua durante más de cinco siglos y por la conservación y uso actuales del agua para la agricultura a través de una organización privada. Curiosamente Antonio, uno de los hijos de Piedad Carrillo y Mario Machado, biólogo de profesión además de compañero en el Instituto Nacional para la Conservación de la naturaleza (ICONA), fue quien me pidió apoyase la propuesta de reconocimiento cultural europeo en favor del Heredamiento dada mi condición de ingeniero de montes y mi experiencia en el mundo de la conservación de la naturaleza por cuanto fui director de los parques nacionales del Teide y Garajonay, en las islas de Tenerife y La Gomera, respectivamente.

            Años atrás, hace mucho tiempo, en octubre de 1954, se conoció la aprobación de la declaración del Parque Nacional de la Caldera de Taburiente diez meses después que el Teide. Tres años más tarde, en 1957, viajé a La Palma con los salesianos de La Orotava y nos alojamos de manera privada en el Hotel Florida, ya que estaba cerrada al público. Visitamos el oeste de la isla y nos acercamos en guagua al municipio de El Paso para conocer el flamante Parque Nacional de la Caldera de Taburiente. En la novela de viajes, “Un Verano en Tenerife”, y en el capitulo “Una semana fuera del mundo”, Dulce María Loynaz escribió del famoso fenómeno geológico:

            “La Caldera es como el fondo de un mar que hubiera desaparecido; un mar evaporado lentamente que dio tiempo a que su antiguo lecho se cubriera de vegetación, dejando mezclar a las especies propiamente marinas – algas, coral, coníferas de rara arborescencia – otras ya de la tierra, pero de tierra primitiva, como helechos gigantes, robles, tabaibas y pimenteros. El agua residual espolvorea este cambiante verde, hecha niebla, hecha iris, fragmentada en surtidores y meandros. Luego ella une todas sus madejas para saltar por el desfiladero crecida ya en torrente.”

En 1965 me gradué en Madrid como ingeniero de montes y repartí mi trabajo de proyecto de fin de curso entre los estudios bio-turísticos de los Parques Nacionales del Teide y de la Caldera de Taburiente. Viví intensamente en las cañadas del Teide y en el corazón de la Caldera pero nunca me olvidaré del amigo Rosendo Luis, administrador de la Hacienda de Argual y Tazacorte, y del paraje de Tenerra, y de cuando me quedé “envetado” en unos de los afluentes del barranco de las Angustias. Me pareció vivir una semana fuera del mundo.

            Ahora, en 2018, este año europeo tan especial en materia de patrimonio cultural, tuve la oportunidad de agradecer a la Caldera mis vivencias juveniles cuando conocí fuentes, manantiales y cascadas, acuíferos y galerías, desfiladeros y barrancos, canales y arquillas, acequias y tuberías, cabuqueros,  repartidores y caudalógrafos, de  manos de arrieros como Vicente y Diodoro, al igual que pinos, mulas, cabras y quesos. No me puedo olvidar de la caña de azúcar ni de las plataneras en la costa palmera de Aridane y tampoco de los aborígenes benahoritas, de Tanausú, y del Roque de Idafe en particular. Todo ello me permitió evocar los ejercicios de sostenibilidad que se han llevado a cabo en la historia energética de la isla de La Palma. Hace 125 años, en diciembre de 1893, con la planta hidroeléctrica de El Electrón, y luego, en 1933, con las dos centrales hidroeléctricas en el valle de Aridane que emplearon la energía de las aguas de la Caldera para abastecer de electricidad esta comarca agrícola palmera.

            Gracias a Hispania Nostra por su visión a la hora de ponderar y valorar el esfuerzo continuo, durante cinco siglos, de una entidad como el Heredamiento de las Haciendas de Argual y Tazacorte que ha sabido combinar la Naturaleza y la Cultura del agua. Y también mi agradecimiento profesional al amigo Antonio Machado Carrillo por su deferencia en hacerme partícipe del apoyo al reconocimiento a tan ilustre Heredamiento canario en el siglo XXI, como Patrimonio Cultural en la categoría de Dedicación Especial, asociado a la Caldera de Taburiente que acuñó a principios del siglo XIX el geólogo prusiano Leopoldo von Buch, amigo y compañero de Alejandro de Humboldt. Estamos hablando de un Patrimonio Hidráulico que puede ser un complemento importante para considerar la isla de La Palma como destino turístico de excelencia.

Isidoro Sánchez García

Ingeniero de montes y ex director de los Parques Nacionales del Teide (1974-1980) y de Garajonay (1982-1987).