Artículo de Isidoro Sánchez

LA OROTAVA, VILLA SLOW

Las noticias aparecidas en los medios de comunicación en el verano de 2018 acerca del reconocimiento de La Orotava con un sello turístico de calidad internacional al ser incluida en la Red Cittaslow, nos ha servido para evocar la importancia de la Villa en el mundo del Turismo y la Sostenibilidad.

   La justificación del acuerdo adoptado en Mirande (Francia) la encontramos en el modo de vida que caracteriza la Villa: aminorar la velocidad para acercarnos al concepto “conservador” del Buen Vivir. Y es que La Orotava es un municipio muy especial y diverso, en la geología y en la biología. De hecho presumimos de formar parte de ese ecosistema que es el valle de Taoro que se se desarrolla entre las laderas de Tigaiga y de Tamaide, entre el océano Atlántico y la cumbre de la isla de Tenerife. Que mira al norte y está situado al pie del volcán Teide. Por algo es el territorio más importante de España, desde el punto de vista biogeográfico Desde el nivel del mar hasta el Pico del Teide, a una cota de 3718 metros. También es un municipio que defiende un modelo urbano y rural tranquilo, donde se puede disfrutar de vivencias sosegadas, sin caer en el aplatanamiento, en un entorno natural y patrimonial único, en el que la Rus es Urbe, donde el campo es ciudad, siguiendo al naturalista francés Sabine Berthelot, con un alto grado de Aclimatación. Un concepto que estamos tramitando, en un expediente especial, ante las autoridades de la UNESCO, desde la comisión asesora correspondiente de la Corporación municipal que preside Francisco Linares y en la que están inmersos de manera significativa los concejales responsables del patrimonio, de la agricultura y del turismo.

  Ya desde el siglo XVIII algunos europeos se dieron cuenta de las bondades del clima del valle y de la Villa. Fue el caso del prusiano, Alejandro de Humboldt. También en el siglo XIX personajes como el belga Jules Leclerq, el primer escritor sobre turismo, en palabras de Antonio Rumeu de Armas, como el suizo Hermann Wildpret y el prusiano Hans Meyer eligieron La Orotava como cuartel general de sus actividades relacionadas con la naturaleza. Da gusto pasear por las dos Villas, por sus jardines, por sus campos; conocer la idiosincrasia de los villeros, los lugares de encuentro y de tertulias, las plazas, los museos, las ventas, las dulcerías,  los bodegones, los bares, las cafeterías y los guachinches, sin descuidar las iglesias y las  ermitas, las casas solariegas y sus jardines, el Archivo y la Biblioteca. Por ser una Villa empinada y con aguas de galerías pueden contemplarse algunos viejos molinos y en algunos casos oler el aroma de los gofios, como también disfrutaba el periodista Almadi cuando venía a La Orotava y olía las maravallas de las carpinterías orotavenses repartidas por la geografía local. Algunos miradores del municipio ubicados desde el mar hasta la cumbre permiten contemplar los paisajes y los pisos de vegetación que se desparraman en esa tremenda alfombra geológica que va desde el mar hasta el cielo. Hasta para ver las fincas agrícolas hay que ir despacio. En las de plátanos como en las de aguacates, en las de viñas y en las de papas, también cuando se visita el Museo Etnográfico de Pinolere, o al adentrarse por los castaños de Aguamansa o recorrer los senderos de los montes hasta llegar al Teide. Cada pueblo tiene su ritmo y la Villa de La Orotava tiene además su encanto.