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«1886, nace el sueño del portuense»

Dº Nicolás González Lemus, Licenciado en Filosofía y Ciencias de la Educación (ULL). Doctor en Historia Contemporánea (ULL).

Dº Nicolás González Lemus, Licenciado en Filosofía y Ciencias de la Educación (ULL). Doctor en Historia Contemporánea (ULL).

Conferencia impartida por Dº Nicolás González Lemus el 5 de septiembre de 2016 en el Instituto de Estudios Hispánicos de Canarias del Puerto de la Cruz  (IEHC) con motivo del 130º Aniversario del Nacimiento del Turismo en Canarias (1886-2016):

Como bien afirma el amigo Isidoro Sánchez García en el prólogo del libro El turismo en la historia del Puerto de la Cruz de Melecio Hernández y mío, los antecedentes turísticos del Puerto de la Cruz habría que buscarlos en la literatura de viajes que caracteriza a Canarias,  Tenerife y en particular al Teide. En efecto, algunos viajeros de los siglos XVI y XVII escribieron memorias de sus desplazamientos por el océano Atlántico en los que recogían sus sensaciones por los lugares que visitaban. Estos primeros viajeros crearon paulatinamente en el europeo el interés por esos lugares que describen en sus libros, que se proyectaría a lo largo de la historia. Fascinantes relatos que constituirían lo que hoy denominamos literatura de viajes. Muchos escritos evocan hasta una concepción de la tierra que prevaleció hasta los primeros años del siglo XVIII como lo ilustra la creencia de que el Teide era la montaña más alta del mundo. El Teide va a resultar el primer atractivo turístico, y ya en 1646, o 1652, según las fuentes, el volcán fue visitado por un grupo de comerciantes ingleses (Philips Ward, John Webber, John Cowling, Thomas Bridges y George Cove), que sería publicada en la primera historia de la Royal Society, en 1667, escrita por Thomas Robert Sprat. Este es uno de los primeros ejemplos de la literatura montañera europea, si no el primero. Dentro de esta vasta literatura de viajes, destacan muchos otros ejemplos, largo de exponer ahora, donde se pone de relieve la importancia que tuvo Canarias y en particular el pico del Teide, además de los afamados vinos malvasías tan codiciados en la Inglaterra isabelina. La montaña y el vino van a tener un denominador común geográfico, el Valle de La Orotava y su puerto, entonces Puerto Orotava o Puerto de Orotava, en ambos casos aparecen en los manuscritos antiguos, hoy el Puerto de la Cruz, desde donde una colonia extranjera se encargaba de exportar los caldos e importar manufacturas europeas. Y pronto se añadiría la benignidad de su clima, puesta en valor, expresión tan en uso hoy, por los viajeros del Siglo de las Luces y Romanticismo, cuando la masificación  y polución de las ciudades industriales británicas producían afecciones pulmonares, originando patologías como la tuberculosis, convertida en epidemia en los siglos XVIII y XIX, cuyos remedios se buscaban en la riviera francesa e italiana.  Es lo que se conoce como el Grand Tour. Desde la época de los romanos, no se producía el fenómeno del viaje a gran escala como a partir del Grand Tour practicado por los ingleses, origen de la  pasión viajera turística del pueblo británico. Funchal, capital de Madeira, gozaría de un espectacular desarrollo turístico en las últimas décadas del Grand Tour, favorecido por la familiaridad del archipiélago con Inglaterra tras la incorporación de Portugal dentro de la órbita británica después del matrimonio de Carlos II con la princesa portuguesa Bárbara de Braganza en 1662, origen del hundimiento del mercado de malvasía con Albión.

El Grand Tour no se dio en Canarias, las islas estaban lejos, pero vivía lo que yo llamo prototurismo temprano. En el archipiélago la producción vitivinícola se impuso como producto de exportación después del azúcar, hasta tal punto que el panorama económico de las islas, y del valle de La Orotava en particular, estuvo marcado casi en su totalidad por su cultivo, pero también se convirtió en lugar de avituallamiento, y la mayoría, si no todas, las embarcaciones europeas que tuvieron lugar en el siglo XVIII hacia los Mares del Sur, América u Oriente fondeaban en nuestros puertos, sobre todo el de Santa Cruz por la presencia del Teide, además de la baratura de su mercado y la calidad de sus vinos. Y la excursión al Teide fue una de las razones por la cual se visitaba la isla, si no, la principal. Y para la realización de la ascensión al pico se realizaba obligatoriamente por el Valle de La Orotava, y en muchas ocasiones desde el Puerto de la Cruz. El broche final lo pondría Alexander von Humboldt.

Cuando el viaje a Europa se realizaba por razones de salud, la climatoterapia adquirió mayor importancia entre los naturalistas de las expediciones. Sus observaciones sobre el clima y la colonia extranjera establecida en el Puerto serán las que favorecerán  la difusión de la benignidad de nuestro clima. No obstante, la liquidación definitiva del Imperio napoleónico (1815) y el establecimiento de la Pax Británica, período de dominación comprendido entre 1815 y 1914, y las mejoras del transporte marítimo favorecieron al Puerto de la Cruz. Momentos de las visitas de los primeros doctores encargados de  registrar las características del clima con fines terapéuticos, destacando, por su importancia para el Puerto, a William Robert Wilde, padre de Oscar Wilde, en 1837. Sin embargo, hay un antes y después del comienzo y desarrollo del turismo en el Puerto, 1859, con la visita de Gabriel Belcastel.

De nacionalidad francesa, Gabriel Belcastel recurrió a los relatos de viajes de los británicos para asesorarse del lugar idóneo para la cura de su hija, enferma de tuberculosis. Recorrió muchos lugares médico-turísticos para la convalecencia de su hija sin resultados positivos. Sin embargo, en la medida en que el Puerto de la Cruz estaba siendo punto de atención por la clase médica británica, decidió trasladarse al lugar con su hija. Llegó al Puerto de la Cruz el 17 de noviembre de 1859. Vino de Málaga donde la había llevado para curarla. Permaneció aquí alrededor de seis meses, algunos días en La Orotava. Su obra Las islas Canarias y el Valle de La Orotava bajo el punto de vista médico é higiénico (Les Îles Canaries et la vallé d’Orotava au point hygiénique et médical), fue un libro ampliamente conocido entre los lugareños por la rápida traducción al castellano, en 1862, que hizo Aurelio Pérez Zamora, hermano de Feliciano, diputado conservador a Cortes por Tenerife, y desempeñó un papel importantísimo en el despegue del turismo en el Puerto de la Cruz. Entre otras razones, porque ya advertía del peligro que correría la economía canaria con la muerte del mercado de la cochinilla como consecuencia del descubrimiento de la anilina. Belcastel transmitió la noticia a la isla desde la temprana fecha de 1859. Sus proféticas palabras son toda una premonición de lo que sucederá décadas después no solo el valle sino en toda Canarias:

            El rico cultivo [del nopal] no resarce, en absoluto, a Tenerife de la pérdida de sus famosos vinos semejantes a los de Madeira… El isleño del Puerto de la Cruz habla siempre con dolor de los tiempos en que veinte buques anclados daban al valle un aire de importancia y regocijo. Además, si tenemos en cuenta los recientes rumores, hasta la misma industria del nopal está próxima a su caída. Europa produce, por un nuevo procedimiento químico, un rico matiz que hasta hoy no tenía rival en el mundo, y que hoy se paga a muy bajo precio, lo que en otro tiempo se adquiría a precio de oro.  

Aunque aún estaba lejos de crearse la alarma,  la posible crisis de la cochinilla y la importancia de la climatoterapia despertaron la atención de algunos propietarios locales por el turismo como recambio.

Belcastel se ocupó de los análisis y registros de la temperatura, la higrometría y de la atmósfera durante seis meses, de noviembre a junio. Reunió las temperaturas de algunas capitales conocidas por ser destacados health resorts y las comparó con el Puerto de la Cruz.

En Niza, en Roma, en Nápoles, hiela; en toda la Italia no se hace, es verdad, tanto uso de las estufas como en París, pero se emplean, aun en Palermo mismo, según lo he visto yo, el 30 de octubre. En el Puerto de la Cruz es enteramente inútil. En Italia y en Argel lo mismo que en Francia, la lana o la franela es el indispensable escudo contra los resfriados y la gripe, hasta que llega el hermoso mes de mayo. En el Puerto de la Cruz puede ostentarse en todas las estaciones el blanco y fresco lienzo de los vestidos; y sin hacer agravio a los bañistas de Dieppe o de Biarritz, les diré que el 31 de enero último, me he sumergido yo en sus aguas con mas gusto todavía que aquellos que quizás lo harían el 31 de julio.

Belcastel se quedó enamorado del valle y en particular del Puerto de la Cruz, la ciudad que le devolvió la salud, y la vida, a su hija.

A diferencia de otros viajeros en Canarias, Belcastel sí influyó en la toma de conciencia del potencial del turismo entre los lugareños. El libro de Gabriel Belcastel se convirtió en un verdadero leitmotiv del turismo en Canarias, y en particular en el Puerto de la Cruz. ¿Qué tenía aquel libro, traducido al español el año siguiente de publicarse en París, para que haya adquirido tal protagonismo? Probablemente tenga que ver con la duración de la estancia. Si bien los doctores apenas permanecieron unos días, a lo sumo semanas, la estancia de seis meses de Belcastel en el valle de La Orotava le permitió relacionarse con la “sociedad” del momento, incluso fue socio del casino del lugar, consecuentemente no es de extrañar que muchos hacendados isleños se sintieran influenciados por sus objeciones positivas sobre la benignidad del clima del lugar y las posibilidades de que la isla de convertirse en un health resort distinguido, es decir, en un centro turístico. Y seguro que uno de ellos fue Nicolás Benítez de Lugo y Medranda, factor de Tomás Fidel Cólogan, autor de las tempranas iniciativas (1863 y 1883) en pro de establecer hoteles en el Puerto de la Cruz, concretamente en La Paz

Otro de los muchos ejemplos de visitantes, o viajeros, que también permaneció por algún tiempo fue el doctor William Marcet, director de la Royal Meteorological Society (RMS) de Londres. Estuvo en el Puerto de la Cruz en julio de 1878 y se relacionó con los lugareños, como los doctores Víctor Pérez González y Tomás Zerolo Heredia, y con propietarios locales, Al igual que el francés Belcastel, Marcet también jugó un destacado papel en la historia del turismo en el Puerto de la Cruz. No voy a referirme a las referencias al clima y su relación con la medicina hechas por el destacado médico, por otro lado muy interesante,  pero sí a los comentarios que hizo. Según él,  en el Puerto de la Cruz hay algunos hacendados muy interesados en el fomento del turismo, deseosos de establecer unos hoteles en La Paz. En efecto, los propietarios locales comenzaron a dejar de dar la espalda a la literatura de viajes, que tantos años había aclamado las riquezas naturales del lugar, y comenzaron a pensar en la explotación del clima, es decir,  en el turismo, como recambio de la cochinilla, antes que el plátano, tomate y papas. El turismo se impuso a ellos. La declaración del Ayuntamiento del Puerto de la Cruz en 1883 es relevante. En sesión ordinaria del 8 de abril de 1883, el consistorio, presidido por el primer teniente alcalde, Diego de Arroyo y Soto, en funciones de alcalde por la ausencia de su titular Luis González de Chaves y Fernández Montañés, no duda en considerar las obras proyectadas por Nicolás Benítez de Lugo para la construcción de hoteles como de las más útiles que pudieran emprenderse.

El Ayuntamiento argumenta en su resolución que “si Niza, la isla de Madeira, y otros puntos de Europa gozan de prosperidad, es debido a que millares de extranjeros, huyendo del frío y de las nieves del norte, buscan refugio todos los inviernos en sus climas más templados”. “Esos enfermos –continúa la resolución- se establecerían indudablemente en el valle de La Orotava, si encontrasen aquí establecimientos confortables tales como los que se hallan en esos países”. La corporación portuense reconocía así que no se podía seguir desatendiendo «a los que llegan en la actualidad atraídos por la fama del clima y se marchan desalentados al ver que aquí se carece de establecimientos donde poder instalarse con los cuidados y comodidades que desean las personas ricas y que son indispensables para los que han perdido la salud». «Se tenía que prestar -continúa la resolución municipal- la atención necesaria y urgente puesto que la afluencia y establecimiento de extranjeros durante una parte del año en el valle suponía inversiones de sumas considerables y el desarrollo de industrias desconocidas hasta ahora, como el arrendamiento de casas y jardines, que tan pingües beneficios dan en otras partes». La apuesta por el turismo del Ayuntamiento fue firme pues se vivía una regresión económica grave consecuencia del hundimiento del mercado de la cochinilla. Por ello la resolución termina: Así pues, este Ayuntamiento cree que la obra debe declararse de utilidad pública y con derecho a la expropiación forzosa de los terrenos necesarios para la construcción de hoteles.

Y no se tardó mucho en ponerse en práctica, acabando así el prototurismo tardía y comenzando el auténtico turismo como  tal. El 11 de abril de 1886 comparecieron ante el notario Agustín Delgado y García algunos miembros de la oligarquía local para registrar la Compañía de Hoteles y Sanatorium del Valle de La Orotava, con un capital nada desdeñable de £20.000, es decir, 500.000 pesetas de capital inicial, dividido en 1.000 acciones de £20 cada una, o al cambio 500 pesetas. Su objetivo era construir un hotel, pero, hasta que no se consiguiera, la compañía decidió comenzar su actividad con el arrendamiento de la residencia personal de Antonia Dehesa Sanz, en los Llanos de Martiánez, para establecer su primer hotel, el Orotava Grand Hotel (conocido a lo largo de la historia como el hotel Martiánez). Se abrió al público el 1 de septiembre de 1886 aunque su inauguración oficial sería el 12 del mismo mes. Pero dada su poca capacidad alojativa la compañía arrienda otras tres casas: casa Lavaggi, Marqués y Zamora

Algunos de los adalides eran Víctor Pérez y González, con 15 acciones; Luis Renshaw de Orea, 10 acciones; Esteban Salazar y Ponte (el conde del Valle Salazar),  su primer presidente, con 6 acciones, las mismas que Saturio Fuentes y González y así un listado amplio de hacendados como Antonio María Casañas y González, Felipe Machado y del Hoyo, Ricardo Ruiz Aguilar, Andrés Carpenter y Goodall, Domingo Aguilar y Quesada, Diego de Arroyo y Soto, Luis Benítez de Lugo, Luis Monteverde y del Castillo, Ignacio Llarena y Monteverde,  entre otros, para terminar con el mayor accionista, Carlos Hamilton, con 20 acciones, 10.000 pesetas de las de entonces, el hombre que controlará también las riendas de la otra compañía que se gestaría en el seno Compañía de Hoteles y Sanatorium…, la Taoro, la Compañía de Construcción y Explotación de Hoteles y Villas del Valle de La Orotava, la Compañía Taoro para simplificar, responsable de la construcción del hotel Taoro, cuya apertura se realizó en las Navidades de 1890 su frente y los laterales del naciente y poniente en las Navidades de 1893.

El portuense se sentía orgulloso de tener el edificio hotelero de tales dimensiones, único en su haber en el archipiélago. En solo tres años, 1886-1890, la ilusión se extendió  a todos los residentes. Desde el mismo momento de la apertura del Taoro, se augura una gran prosperidad económica, pues el movimiento de viajeros en los dos primeros años fue relativamente bueno. El número de estancias también aumentó en los mismos períodos. Pero los ingresos que se generaban iban siendo gravemente absorbidos por el importe de los intereses de las obligaciones, que cada vez iban en aumento por el enorme coste que supuso la construcción del hotel, jardines y campos para practicar los deportes. Efectivamente, el volumen de capital disponible para su construcción fue relativamente escaso. Las obras supusieron un montante de 1.000.000 de pesetas, es decir, el doble del capital previsto para la puesta en marcha del proyecto, £20.000 (500.000 pesetas).  Si a esto le añadimos que ni siquiera se llegó a vender todas las acciones con la que la Compañía Taoro pretendía empezar su andadura, la situación pareció ser agónica. Incluso hay quien afirmara que los gastos de construcción del hotel Taoro fueron muy superiores al millón de pesetas. La viajera británica Margaret D’Este, que vino en diciembre de 1907, comenta que fueron necesarias £120.000 (aproximadamente unos 3 millones de pesetas) de inversión, capital que no sólo se necesitó para la construcción del edificio sino también hubo que añadirle los costosos trabajos ejecutados sobre un terreno malpaís para hacer los hermosos jardines, los campos de tenis y croquet, la suntuosa decoración y el lujo del mobiliario. El hotel Taoro fue un gigante con pies de barro, un edificio que se había pensado en la construcción de su frente para ofertar 100 camas, pero se le añadieron los lados este y oeste, lo que supuso una gran inversión. Se recurrió a los accionistas para una derrama, pero no hubo respuesta positiva. Los que habían respondido positivamente proporcionaron elevadas sumas de dinero imposibles de recuperar. Para que se hagan una idea. A Edward Beanes, su presidente, la Taoro Company le debía la elevada cantidad de 328.747 pesetas, y a Carlos Howard Hamilton se le debía, en 1903, la cantidad de 196.960 pesetas. Por lo tanto, la permanente crisis económica que padecía la Taoro Company Ltd por el continuo recurso al crédito, la diversidad de deudas contraídas y la escasa afluencia de visitantes movió a su directiva a poner el hotel en venta en la temprana fecha del otoño de 1901, justo diez años después de su apertura.  La compañía pedía 1.700.000 pesetas por el hotel y todas sus pertenencias. Dado el elevadísimo precio, en julio de 1905 se le arrendó a la compañía alemana denominada la Kurhaus Betriebsgesellschaft, no sin las tensiones entre algunos accionistas y miembros de la comunidad británica. Pero la escasa afluencia de visitantes continuó y los impagos se pusieron a la orden del día. El desenlace fue lo peor que podía suceder: resolverse en los tribunales. Ahora bien, mientras que la Compaía de Hoteles y Sanatorium del Valle de La Orotava no invirtió dinero alguno en construcción de edificio, la Taoro Company sí que lo hizo y sus accionistas no lo recuperaron. El Cabildo se hizo cargo de las dependencias, hasta ahora.

No obstante, desde el momento en que se abrió el Orotava Grand Hotel (futuro hotel Martiánez) en 1886 y la inauguración del hotel Taoro en 1890, el Puerto de la Cruz se convertiría en uno de los centros turístico más distinguidos entre la clase pudiente europea, fundamentalmente inglesa y alemana. Unos aquejados de tuberculosis u otras patologías bronquiales, otros viajaban por ocio: nobles y aristócratas, naturalistas, escritores, periodistas y filósofos llegan para disfrutar del lugar, del nuevo centro turístico de moda.

Comienza la explotación de la playa de Martiánez. Los propietarios, los hermanos Pedro y Sebastián Fernández Perdigón, arrendaron un trozo de terreno, 3.300 m², en el frente norte de los Llanos de Martiánez a los hermanos Guillermo y Gustavo Wildpret Duque por un período de 24 años para establecer enfrente de la playa el Thermal Palace, un edificio de estilo neogótico victoriano de madera importada de Alemania y montada por especialistas alemanes, cuyas paredes fueron decoradas por Francisco Bonnín. Se inauguró en 1912 y se convirtió en un centro de ocio donde se ofrecía una extensa variedad de actividades culturales, además de contar con bar, restaurante, sala de billar, gimnasio, entre otras prestaciones. Los lugareños y turistas extranjeros visitaban sus instalaciones socioculturales con asiduidad.

El Puerto de la Cruz estaba viviendo unos años de esplendor turístico. Se formó en el 29 de enero de 1912 el Comité de Turismo del Valle de La Orotava. Estamos en los orígenes del imaginario de lo extranjero entre la población portuense, son los años en que se va fraguando ese imaginario colectivo que lo acompañará el resto de su vida. El Puerto de la Cruz vivirá de esa manera, lo que yo llamo, su Primera Edad de Oro del turismo.

Pero la Primera Guerra Mundial obstaculizó la marcha emprendida en los años iniciales, sin embargo, en el período de entreguerra, el Puerto de la Cruz se va a ver favorecido por las visitas de muchos distinguidos viajeros (Alberto I de Bélgica, Federico Augusto III, Cecilia de Mecklemburgo,  María Augusta de Anhalt, los duques de Kent  [Jorge y Marina de Grecia], entre otros) y por la llegada de destacados hoteleros que dejarán huella en el prestigio del sector, me refiero a los alemanes Christian H. Trenkel,  Andreas Carl Gleixner, Enrique Talg Schulz y, algunos años después, Luis Díaz González, que en 1947 compró el Marquesa y lo convirtió en lugar de referencia por su alta calidad hotelera y culinaria, en cierta manera, el Marquesa era en la ciudad turística como el de Perico Chicote en Madrid, establecimientos de encuentro de las élites política y económica.

Son los años en que el espacio de arena de Martiánez, la playa, estaba ya parcialmente protegido por un muro, boyas de salvavidas y en verano, que se solía llenar de usuarios, entonces se ponía un bote. Ya contaba con duchas de agua fresca, cabinas para los bañistas, algunas construcciones de particulares,  un restaurante, tres chiringuitos, además de una pista de tenis.  Sobre los restos del Termal Palace, Pedro y Sebastián Fernández Perdigón facilitan la parcela a una sociedad para establecer en 1940 las piscinas de Martiánez. La explotará Enrique Talg Schulz. Fueron muy frecuentadas por lugareños y turistas extranjeros. Se cerró al público el 30 de abril de 1964, cuando expiró la concesión, y poco después fueron demolidas.

Pero de nuevo las actividades turísticas se vieron mermadas por la Guerra Civil de España y la Segunda Guerra Mundial. El Estado dictatorial establecido en el país hizo difícil el desarrollo de la actividad turística en la década de los cuarenta, consecuencia, entre otras razones, del aislamiento al que fue sometido el régimen por la comunidad internacional, etapa autárquica o “azul” del franquismo, en alusión al color de la camisa del uniforme falangista. En 1941 se prohibieron la libre salida al extranjero, la libre circulación interna de nacionales sin salvoconducto y la entrada de extranjeros, pues el turismo era para el régimen, además de un peligro moral, también lo era ideológico. Sin embargo, el acercamiento de España a Gran Bretaña, su protector, favoreció al turismo británico. Y en abril de 1949 llegan al hotel Taoro John Petty, el apoderado de Thomas Cook, y J. D. Jeneid, jefe de cruceros turísticos de dicha compañía, y en el hotel tuvieron una reunión con Isidoro Luz Carpenter, alcalde y presidente accidental del Cabildo, para negociar cruceros turísticos a la isla a base de hidroaviones,  como los que estaban realizándose desde Inglaterra a Madeira. La agencia de viajes Thomas Cook fue la primera en conseguir el privilegio. Pero muchos países europeos exigieron los mismos privilegios que el Reino Unido y ante la necesidad de divisas se suprimieron las barreras.

España comenzó lentamente a liberarse de las trabas económicas y sociales del período autárquico establecido por el régimen de Franco bajo el dominio de la Falange y aparece otro hombre crucial en el fenómeno del turismo local: Isidoro Luz Carpenter, que contó con la estrecha colaboración en los años iniciales de Antonio Ruiz Álvarez y el apoyo del catedrático de Literatura de la Universidad Central de Madrid, Joaquín Entrambasaguas Peña. Médico de profesión y miembro de la Falange, Isidoro Luz, consciente de los graves problemas económicos y sociales de su lugar de nacimiento, eminentemente agrícola y cuya pobreza era alarmante (carencia de los servicios básicos, todavía con transportes públicos de tracción animal, sin transportes urbanos en la población –sólo existía entre el casco y la Vera y la playa Martiánez en la época de estío, realizadas por Exclusiva de Autobuses S.A.–, con numerosas familias viviendo en ciudadelas, alrededor de unas 15, y para paliar el apuro de mucha gente pobre decidió ceder terrenos de propiedad municipal en el barrio de María Jiménez [Punta Brava] para la autoconstrucción de viviendas bajo la dirección técnica del aparejador municipal, cree en la riqueza que representará el turismo al desarrollo del Puerto de la Cruz. Y siendo alcalde desde 1944 a 1963 realizó las principales transformaciones y estrategias para conseguir una ciudad turística y avanzada. Siempre se ha señalado la declaración al Puerto de la Cruz Lugar de Interés Turístico el 13 de octubre de 1955 –entonces el Puerto de la Cruz no figuraba en el Registro de los Municipios de España con la categoría de pueblo, razón por la cual fue declarado “lugar” y no “municipio”– como punto de partida. Sin intención de infravalorar tal acontecimiento, como otros, creo que Isidoro Luz  realizó dos intervenciones  claves, además de la expuesta:

*Una cultural: la fundación del Instituto de Estudios Hispánicos de Canarias en 1953, lugar cultural alrededor del cual la amplia comunidad escandinava se concentraba. En efecto, a mediados de la década de 1950 ya existía en el Puerto de la Cruz una considerable colonia nórdica, formada fundamentalmente por finlandeses, suecos y noruegos. Predominaban los turistas nórdicos en los cincuenta. Ellos tenían una actividad cultural elogiable, muestra es la cantidad de publicaciones en sueco y noruegos, además de obras pictóricas, depositadas en el Instituto. Es más, en el Instituto, su presidente, Isidoro, potenció el Museo de Arte contemporáneo Eduardo Westerdahl, el Museo arqueológico Luis Diego Cuscoy, la Residencia de Intelectuales de Alberto Sartorio, y el proyecto del Jardín de Flora Canaria en la Ladera de Martiánez, protagonizado por botánico sueco Eric Sventenius, único que sí se realizaría, pero en Gran Canaria, es el actual Jardín Canario Viera y Clavijo.

*El otro de ocio, la construcción del Lido San Telmo, abierto el 13 de noviembre 1957. Consistía en piscinas y edificio, el “Club Nocturno Lido San Telmo”, tal como era llamado por los lugareños. En la parte alta estaba el bar donde se servía copas y servicio de té, café y pastelería suiza-alemana. Las mesas estaban frente a la cristalera para poder contemplar el paisaje marino. El local tenía su propia orquesta.  Las paredes estaban decoradas con murales de la pintora sueca Tania (Tanja) Tamvelius. En la planta baja estaba el restaurante. Se convirtió en el centro de ocio y diversión de moda no solo del Puerto de la Cruz sino de todas las Islas Canarias. Aquí se bañaron las esposas de Churchill y Onassis por la mañana y sus respectivos esposos se tomaron sus güisquis por la tarde en 1959, y en las mismas piscinas se bañaron los miembros de los Beatles, Paul, Ringo y George y años después, en marzo de 1973, los príncipes de España, doña Sofía y Juan Carlos, futuro Rey. Su construcción significó el pistoletazo de salida de la segunda edad de oro del turismo en la ciudad y con la segunda y tercera zona, originales del artista lanzaroteño César Manrique, el Lago Martiánez, se convertiría en el buque insignia de la ciudad turística del Puerto de la Cruz.

Añadiría otra importante, en 1958 ordenó la redacción del Plan General de Ordenación Urbana del Puerto de la Cruz, pionero en la provincia. Desde la perspectiva del turismo, consistía en el desarrollo de dos zonas urbanas, la llamada zona de Parque Urbanizado de Transición, en los Llanos de Martiánez, y la llamada Ciudad Jardín, en San Fernando.

En una década, el Puerto de la Cruz ya se había convertido en una costa de moda, donde el precio del terreno se disparaba rápidamente, la construcción iba alcanzando el casco histórico, y en la medida en que el Plan General de Ordenación Urbana (PGOU) de 1958 solo recogía la ordenación urbanística de los Llanos de Martiánez, el Ayuntamiento presidido por Felipe Machado González de Chaves, aprobó un nuevo PGOU el 26 de julio de 1974, redactado por el equipo técnico de Doxiadis Ibérica S.A., para racionalizar el crecimiento urbano del municipio.

A pesar del establecimiento de los primeros hoteles, en los años cincuenta y sesenta se ofertaban habitaciones en casas particulares y otro tipo de alojamientos para cubrir la demanda. Incluso el alquiler de habitaciones en casas particulares era muy normal por parte de los hoteleros y las agencias para atender cada vez el mayor número de turistas ante la falta de plazas alojativas. Era tanta la demanda en invierno, que fácilmente había overbooking, siendo entonces habitual desviar a turistas a otos puntos de la isla (por ejemplo, el Nautilus en Bajamar) y a otras islas (Lanzarote).

Aquí comienza realmente la presencia del turismo como parte integrante del paisaje urbano de la ciudad, que se desarrolla velozmente durante los sesenta. Son los años de la consolidación del imaginario de lo extranjero en la ciudad turística. El conjunto de imágenes o representaciones reales de los turistas extranjeros deambulando por sus calles, disfrutando de su playa y piscinas, la proliferación de hoteles modernos y los excelentes restaurantes moldearán la psicología del portuense. El Puerto de la Cruz comienza a beneficiarse de las mejoras del nivel cultural, de un mayor nivel de renta y de un nuevo sentido de la vida. Se viven momentos de cambios importantes.

El profesor José Manuel González Rodríguez será el encargado de documentarnos sobre el desarrollo del turismo de Sol y Playa en la ciudad el miércoles 7 del mes. Por mi parte, espero que haya mostrado con claridad las diferentes etapas  en la que se fragua un nuevo sistema o filosofía de vida del portuense, como bien afirma el amigo Salvador  García Llanos en su blog, el sábado 3 de septiembre, con el título Turismo con rigor científico.  Gracias por la asistencia y la atención prestada. Buenas noches.